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domingo, 2 de diciembre de 2012

ADICTOS AL ROBO


Melissa Morgan, una mamá de 44 años y casada con un policía, me está mostrando su casa "grande", en las afueras de una ciudad canadiense.
Ese gabinete de vinos es robado —me dice, y señala un mueble de casi tres metros de altura que sacó por una caja vacía de un Wal-Mart cuando nadie la veía, luego de colocarlo sobre el carrito de compras.
Va hacia el mueble, saca de él una copa para martini y señala las otras cinco piezas del juego.
Estas copas también —asegura.
Al ver la etiqueta del precio en una de las copas, le pregunto:
—¿Nunca las ha usado?
—No —contesta con una risita nerviosa—. Creo que no.
Según estudios realizados en supermercados argentinos por el grupo privado Hasar, un cinco por ciento de los robos ocurridos en estos establecimientos es perpetrado por personas cleptómanasPara ellos, como es el caso de Melissa, el robo es una inyección de euforia en serio.

¿Por qué muchas veces ponen en riesgo su carrera y su reputación personas que ganan 99.000 dólares por año si podía comprar fácilmente los productos en vez de robarlos?

Es una pregunta que los psicólogos han intentado contestar desde el siglo XIX. En su libro “Cuando las damas salen a robar”, de 1992, la historiadora Elaine Abelson escribe que la sociedad estadounidense de ese entonces aceptó el término “cleptomanía” como diagnóstico para explicar de forma creíble por qué “mujeres respetables de clase media cometían hurtos en grandes tiendas”.
En aquel tiempo los médicos creían que la causa era la “irregularidad uterina”; hoy día los psicólogos clasifican la cleptomanía como un trastorno de control de impulsos (TCI), que se define como “la incapacidad de resistir un impulso o la tentación de llevar a cabo una acción, aunque sea dañina para esa persona o para las demás”. El juego compulsivo y la piromanía son otros tipos de TCI.
En 2006, el psiquiatra Jon Grant, experto en TCI de la Universidad de Minnesota, fue el primero en estudiar imágenes cerebrales de cleptómanos. Casi todas las personas poseen un mecanismo regulador en el lóbulo frontal que equilibra el deseo de recompensa con los riesgos del comportamiento inaceptable. El estudio de Grant reveló que ese mecanismo parece estar dañado en el cerebro de los ladrones crónicos de comercios. De acuerdo con Grant, los adictos al robo en comercios poseen un circuito de recompensas hiperactivo en el cerebro: como experimentan mucho placer al cometer un hurto, sienten ansias de repetir el acto. Para los cleptómanos, el robo puede ser tan adictivo como la heroína.

LA HISTORIA DE MELISSA
Melissa empezó a robar en los primeros años de la adolescencia, luego de una niñez inestable durante la cual jamás pasó más de un año en la misma escuela. Sin embargo, dice ella, aún no era una compulsión. A los 19 años de edad se casó con Connor*, un agente de policía, y quedó embarazada de su primer hijo. Se endeudaron para construir una casa, y no podían comprar los bienes que deseaban (ropa de bebé, una bata gruesa para Connor). Entonces, Melissa los robó.
Dos años después, en 1988, comenzó a trabajar medio día en una joyería, donde su adicción se exacerbó. Temiendo que la descubrieran, confesó los hurtos. El dueño del local la acusó por un robo total de menos de 5.000 dólares. Nadie pensaba que enviarían a la cárcel a una delincuente primeriza, pero el juez decidió que la esposa de un policía merecía un castigo por robar, y la sentenció a 90 días de prisión. Para Melissa, haber estado 90 días en la cárcel y ver su matrimonio casi destruido la convencieron de no volver a robar. Al menos, no durante 15 años.

Es la primera vez que le muestra a alguien todas las cosas que ha robado. Como muchos otros ladrones compulsivos, mantuvo en secreto su hábito, pues vivía un ciclo de placer desaforado seguido por una depresión llena de culpa, en el que no faltaba un arresto ocasional. Siente mucha vergüenza y miedo de confesarle todo a su esposo. Y si devolviera todos los objetos robados de una vez (lo está haciendo poco a poco, como parte de su terapia actual), sería como si un ladrón hubiera vaciado su casa.
Will Cupchik, psicólogo de Toronto, dice que el caso de Melissa tiene algunas similitudes claves con el perfil de un“transgresor atípico por robo” (TAR), término que prefiere al de “cleptómano”. En su opinión, la mayoría de los TAR son personas éticas y honradas en esencia, pero muchos de ellos sufrieron alguna experiencia o pérdida traumática en su niñez, ya sea el divorcio, mudanzas frecuentes o la muerte de un familiar cercano. Perciben la pérdida como injusta, lo que los hace sentir un vacío, y de eso surge un torrente de ira y rencor.
Según él, también es común que los TAR se desquiten de su pareja haciéndose detener por robar, lo que resulta especialmente humillante para los cónyuges si son figuras de autoridad, como abogados, policías o jueces. “Es una manera de avergonzarlos”, dice el experto. Sin embargo, agrega, los TAR nunca son conscientes de la razón que los impulsa a robar: eso emerge sólo después, en la psicoterapia.
En 2004, Melissa y Connor se mudaron con sus tres hijos a otra ciudad. Mientras su esposo escalaba puestos en la policía, ella consiguió un trabajo de 80.000 dólares por año en servicios sociales. A pesar de la estabilidad económica de la familia, Melissa de nuevo comenzó a robar en comercios, esta vez para distraerse de los problemas que tenía con Connor. Cuando estaban a punto de divorciarse, decidieron mudarse otra vez y empezar de nuevo. Sin embargo, sin un título universitario, Melissa no encontraba otro trabajo con buen sueldo.
La racha de cinco años de impunidad que tuvo Melissa se acabó en octubre de 2009 en un supermercado. Fue un día en que estaba de visita en casa de su hermana, Jeanette. Como esta tenía una cita romántica para esa noche y estaba preparando la cena, Melissa decidió ayudarla.
Fue al supermercado y, dentro de la bolsa de compras que llevaba, un guardia encontró cuatro velas, manteca, sal, pimienta, costillas de cerdo, salsa para marinar, una caja de galletitas y cuatro frascos de perfume. El total: 320 dólares. A lo largo de los años, Melissa había logrado salir del apuro un par de veces, pero en esta ocasión la treta del ama de casa que se olvidó el dinero no le funcionó.
Llamó por teléfono a su esposo:

—Estás metida en un problema grave —añadió Connor, quien había acudido a Alcohólicos Anónimos para lidiar con su propia adicción—. Necesitas buscar ayuda. Yo estoy aquí para apoyarte, pero esto lo tienes que hacer tú sola.
Melissa vislumbró una esperanza cuando encontró el sitio web del Centro Shulman de Tratamiento del Robo y el Gasto Compulsivos. Terence Shulman, terapeuta de adicciones, fundó ese centro en Detroit en 2004, luego de luchar para encontrar un médico que le diera un tratamiento específico para su adicción al robo en comercios (sólo hay unos pocos especialistas en toda Norteamérica). Shulman logra que los cleptómanos se vean a sí mismos desde una nueva óptica: concretamente, que no están solos, que son adictos compulsivos y que tienen que examinar la raíz de su problema para superarlo. El experto ha diseñado un programa de 12 pasos que se basa parcialmente en el modelo de Alcohólicos Anónimos.
Darse cuenta de que padecía un trastorno psicológico la motivó a luchar contra él. Desde entonces, ha aprendido a pedirle apoyo a su esposo. Su matrimonio ahora es más fuerte que nunca, asegura. Con ayuda de Connor, Melissa logró evitar los cargos por robo. Decidió compartir su historia conmigo como parte de su terapia, para que otros supieran que no están solos. Ahora, cuando va de compras, lleva sólo su tarjeta de débito o el pequeño bolso que Connor le regaló, en el que no cabe más que su billetera. Y trata de no ir de compras sola.

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